Innovación educativa

Locos laberintos de la muerte

Es jueves de luna llena y Ana, la demente, no puede conciliar el sueño. Deambula por el oscuro cuarto sin ventanas. Los fantasmas salen a recorrerla, a envolver su cuerpo delgado con una verde sustancia viscosa. Dan las 12h00, Ana está impaciente. El corazón le late, indetenible. Teme porque hace días que sus antipsicóticos se agotaron. Tiene sueños psicodélicos todas las noches y amanece empapada entre baúles de neuronas muertas que han combatido durante la noche. Ella lo sabe, y se esconde tras el silencio de los minutos cobardes.                          

 

Tres horas antes, a las 21h00, en la sala de la pequeña casa, su madre refirió una tragedia que evocó la furia de la” loca” y la puso existencial. Le comentó que a las 14h00 estuvo en casa de Emilio, quien yacía sobre una cama limpia, de sábanas blancas con olor a flores de amapola. Para entonces, tan solo era una seca sombra sostenida en una osamenta que olía a tierra deshecha, a un azul carmín extenuado. Un gorro de lana le recubría la cabeza carcomida por el cáncer y las quimioterapias. También tuvieron que amputarle un ojo. No podía moverse, hablar, ni oír. Ese día, varios familiares acudieron a su casa, urgidos por un fatal presagio, según comentaban al momento del té, 22 horas después, durante el sepelio al que la loca tampoco asistió.

 

Ana no quiso comer. Interrogó la fugacidad de la vida, lanzando injurias al viento. Alucinó pensando en la suerte de los gatos negros. Corrió hacia su cuarto y se tapó con las sábanas de hilo. Empezó a llorar, discreta; a sentir pena de hermanos, dolor de humanidad. Esa noche estuvo frenética, con la moral cristiana dormida, con la resignación habitual apagada. Tomó una hoja que contenía el cuento: “La biblioteca de Babel” de Borges, y al reverso, escribió: “Emilio se muere. Emilio está muerto en vida...”. Creyó que Emilio no la recordaría pues habían pasado casi once años y, contemplando la posibilidad de visitarlo, se durmió sin saber la hora.

Ana y Emilio, de niños fueron vecinos. Salían a las 07h00 con la mochila al hombro, camino hacia la escuela. Corrían cerca de diez minutos, sin parar, con la boca cerrada y los pies tambaleantes. Ella tenía 10 años; él, 8. . Entraban a la escuela por el agujero posterior en la pared de cemento. Era un atajo poco conocido hacia el patio lodoso de la escuela donde el oxidado timbre sonaba a las 07h30. De aquella calle angosta y empedrada que conducía a la escuela compartían el polvo y el miedo por los rottweiler de la enorme casa de la esquina, que, babeantes, miraban detrás de las rejillas plateadas

El tiempo transcurrió vertiginoso. Entre el devenir y las manías, la loca perdió todo contacto con Emilio. Hace tres años supo que su amigo enfermó de gravedad. Sintió pena por él ¡Quién diría que la infame agonía le estuviera cavando un lugar en el mismo lecho en que todos hemos de dormirnos!

Al día siguiente, Ana se levantó pensando en Emilio. En clases, de nuevo Emilio invadió sus recuerdos. Durante el receso de clases, Ana y seis compañeras hacían tareas. Brenda, la embarazada, hizo una pausa y, vagamente, dijo: “¿Por qué todos le escriben condolencias en el perfil de la red social a este chico? Entonces la oyó deletrear su nombre: “E-mi-lio, Emilio López”. Ana dejó caer sobre la mesa el cuaderno de sus apuntes. “¿Qué? ¿Ya, ya se murió?, titubeó. Sintió un aire helado recorrerla. Era como si su frecuente hipotermia tratara, esta vez, de aniquilarla a ella misma.

Lo único que pudo ofrecerle a Emilio fueron ocho palabras: “Emilio está muerto en vida, Emilio se muere”, y un dolor inútil. El polvo vuelve al polvo, recordaba Ana mientras antes de convulsionar en las sombras de la demencia. No volverá a verlo correr por el barrio, ni siquiera en coche, salpicándole en la ropa cuando bordeara los charcos de agua.

Siempre callada y ausente, Ana ignoraba lo inoportuna que era su idiotez. La madrugada del jueves 20 de marzo de luna llena, distraída, no supo cuál era el color de su casa, así que no pudo volver. Se quedó vagando entre sueños, entre amapolas congeladas y violetas esparcidas. ¿A qué huele la muerte?, preguntó entre gritos elevados. Que alguien le explique a la loca que su lugar en el mundo no es elemental de un ciclo interminable o, quizá, de una comprobación paternal.


Fotografía: Pintura "El grito", (1893). Edvard Munch


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